lunes, 27 de septiembre de 2010

Ailén, el gato I.


Hermoso bronceado color Fernet: una gloria de piel y rodillitas rojas de peterita, el arcoíris la besa impúdica. Se desviste, tan lésbica que no puedo evitar reírmele en la cara, ella es una masa de carne incontrolable que avanza imperturbable con la fuerza de un 55 que no llega a horario. Me ofrece el coño y no sé para qué. La lengua muerta y boba hace caso omiso a mis órdenes, le palpita el acantilado y me estresa tanto que se me seca.

Las mujeres huelen distinto y a esta movida símil I-Sat post horario de protección al menor le falta un saxo. Busco con los dedos pelotas que no encuentro, no me habitúo a la suavidad de un cuerpo parecido al mío, cojerme a mí misma es desolador. Todas las mujeres somos un molde de mujer: tetas, culo, pelo y vientre y paremos de contar.

Pero la boca.

Pero esa boca de putita que se descose en guasadas, que saca unos anillos invisibles de humo fumando de mis dedos adentro de esa sacra vagina, que besa la mía con una exigencia demoledora me hace amarla con la misma simpleza del sexo.

La perfección aritmética de la tijereta queda puesta a prueba, el encastre de los cuerpos es difícil si no hay pija. Pero hay tanto amor entre esos senos desiguales que me desarma, un deseo de satisfacerme tan femenino que la piel se le vuelve rosa y huele a galletitas Terrabusi.

Su cuerpo se enrosca en mis dedos con la violencia de una acabada atroz, la lengua se me acalambra y tengo un inamovible olor a concha en la nariz. Se duerme en posición de pollo deshuesado.

Le beso el ombligo.

Me visto. Me voy.

Otra noche sin acabar. 

Hernán, el héroe I

Hernán está destapando el inodoro, sopapa en mano, él es el héroe escatológico. Hora y media de lucha y que le den por culo al mundo: incluso brazo y media manga en un río de mierda (de su mierda) es proeza necesaria y realizable. El lío de pelos de su novia Ester sale en parto acuático pegado a sus dedos: tiene siglos de caca bajo las uñas. 

Triunfo.

El agua vuelve a correr. Hernán guarda herramientas, satisfecho, y tira de la cadena. El Guardián de Porcelana, el Fontanero Sensual Afrancesado. Su mujer (ay, cómo tiene que amarla) le pega cinco gritos desde el sillón, pero en su cabeza –inútil y iluso Herán-, está libre.

Capítulo II: Ducha de Domingo déspota. El agua estancada de tres días en la bañera parece albergar el cuerpo de mil sabandijas.
 
Hernán corre por las escaleras: hay que comprar un destapacaños marca cañón.  El derpa da a la Avenida Nazca: un bondi de fuerza impertérrita y desbocada se le tira encima. El taxi 50 metros delante pega terrible volantazo: dicen que la merca encima del tablero es de manija y Hernán lo comprueba. Cruza con la velocidad de un viagra, atraviesa  la calle como Meteoro.

Trota despacito a la puerta de la ferretería: un ejército de pinceles y tubos de PVC hacen hiriente fosforescencia. El gordo morsa del ferretero le guiña un ojo a Hernán. No hay destapacaños.  Apestando a changos y enfrentándose a la hostilidad vacua y banal de Buenos Aires, deja que el asfalto le golpee entre pecho y espalda. Parece una adolescente premenstrual: Hernán patea el piso con ira infantil y resopla hacia la próxima tienda de ultramarinos. Son 15 cuadras (cosa increíble en el monstruo de cemento que es Santa María de Bi Ai, donde venden plutonio en cada maxiquiosco).

Camina. Ni tan siquiera un MP3 de mierda para aliviar la inflamación egoica de su masculinidad adrementada. Estúpida Ester.

Le inflama la ingle recordar que 6 meses de sitio femenino de su cama de soltero le cuesten el sacro domingo. Estúpida bañera con tres días de agua estancada, de mugre de los dos. Estúpido inodoro y estúpidos siglos de caca bajo las uñas de Hernán. Bendito calabozo de concha, bendita cabeza envuelta en pollera. Ester lo cazó al voleo y revoleó al demonio el mambo de macho argento pelotudo con esa sencillez estoica con la que ella parece resolver las cosas. “Es una mujer binaria”, medita cuando pisa tremendo sorullo de perro con evidente Síndrome de Colon Irritable. 

Odia a todos.
Sobre todo, a Ester.

A siete cuadras de la idiota tienda de ultramerinos, un campo minado de mierda canina que se extiende ad infinitum. Camina por el cordón, busca un pastito benévolo, algo en esta ciudad andrajosa de linyeras y cholitas para limpiar toda la mierda. Una ramita. Bueno, sirve. Camina, pues, la Cloaca Andante de Caballito: avanza a fuerza de puteada masticada y pisada de mamut. Espera asesinos seriales que lo vengan a desmembar, alienígenas que lo abduzcan, chupacabras de toda forma y tamaño, aborígenes con boleadoras que lo hagan teta contra el asfalto de una ciudad inclemente: que vengan a terminar con él de una vez por todas.

Pero llegar, llega. Mirado encima del hombro, desafiando al mismísimo destino que a que le tire alguna cagada más.

Por supuesto (ay, tan trágica la tragedia, tan obvio el destino del héroe), la tienda está cerrada. Pega el alarido: un maremoto febril de frustración, una máquina que le cruje las costillas con la fuerza opresora del bajón extremo.

Levanta la mano y frena un taxi. Es el tachero de la merca que mandibulea como un descosido, que alardea de sus andanzas con travesitis, que ama las impúdicas bombachitas de encaje, que le cabe la no-concha. Ya nada importa. Casa casa casa. Paga los criminales 20 con 50 por el viaje de quince cuadras y media y toma el ascensor, mirándose al espejo y odiándose. Nada queda de Meteoro y de la velocidad del Viagra, es puro estropajo.



La puerta ha quedado abierta, el 15 C está desprotegido, pero cómo va importarle. Cierra con un click impotente y va al baño derechísimo. Ester tiene su morocha majestad en cuatro en el baño, el agua sucia estancada desde hace tres días en la bañera le cubre los codos con una sopapa gloriosa en mano. El amor lo golpea irreductiblemente con la fuerza certera de un 60 desbocado y se descubre adorándole el cuerpo sumergido en el agua mugrosa de los dos. Le encanta verla así en cuatro, quiere coger con abandono. Hasta ese pelo de mierda, ese pelo puto negro que le obliga a domingos déspotas de limpieza de cañerías... Estúpida Ester, cómo tiene que amarla.