Me lo trajo la Luna y la Sudestada: el León toma tierra y carne y pelo con el avasallamiento trémulo de un primerizo y pupilas de militar. Apocalypse now: que el destino halle al mundo afuera, mi cuerpo encontró al destino. Yugular
terremoto: soy lunático palpitar, Bambi atrapada frente a las luces de una
aplanadora desbocada a velocidad de liebre en bajada, un cojedero de conejitos pasados de ácido. Almagro. Qué antro.
Rataplán y férrea causalidad nocturna lo trajo al sosiego carnoso de mis brazos
(pasó un 168 y me subí, lo saludó Carlos Gardel y se subió). El León tiene nariz vieja,
arruinada de ciclos lunares eternos de frula: qué vicio más sucio para uñas tan
limpias, qué granada chorreante que tengo por boca, qué deseo de retornar al Ítaca de mi bajo vientre le atisbo en los ojos porno soft. Pedalea clonazepan con fernet como Schumacher post-palo. Matar a go go. Es una cabalgata porfiada, la de su paladar, se atropella con la propia lengua y se ahoga con la propia saliva. Me estallo, qué plato. Muy apropiado el nombre propio de León: lee a Huxley y cree ser dios. Yo
también le creo.
También le exploto en la boca
como una bombucha llena de aire: soy el chiste del verano, una promesa vaga de
carne tierna entre los muslos, un culito en shorts mordelones de estrella porno venida a menos. Se refriega mis votos por el cuerpo, dudo que le
importe más que la salvación de mi espíritu. Curioso cómo tocando mi mejilla alcanza
el pináculo de mi ombligo en el que siento irresistibles ganas de orinar. Ahí
me dormita el espíritu que él quiere roer: conozco su hambre, quiere mi sangre entre sus labios, me late Lucrecia de sentir tanto vacío dentro.
Las tetas me tiemblan de amor, el pecho
nos rebota infinito con el asteroide que le boya dentro de las costillas. Inhala
toda mi inhibición con la fuerza sagrada del felino: anida nariz eléctrica en
mí garganta, olfatea la sexualidad pegajosa de mi piel. Exhala: es el sonido de
mil dioses acabando.
Y entonces me vibra violento el rugido de su apetito en la
boca de mi estómago. Soy el catalizador y la enzima: soy un haz de electrones
que se revuelve entre los dedos del León, soy los mil pelitos que se paran a
fuerza de bruta inhalada de exmerquero. Busca el nido y la cueva en el hueco de
mi garganta: basta para mí, basta para todos. Pará, pará, que me tengo que centrar. Y chorreo. Resuena un ejército de chasquibums en mi vientre, terrible temblor y
acidez. Y me huele el sexo: olfatea el
perfume profundo de mí acantilado y el vértigo le inquieta el corazón. Y
entonces mira dentro y, de cuajo, arranca el útero abrupto y verde: “Tendrás
todos mis hijos,” escupe la acabada en la leche de mi cuello. Me mira con ojos lejanos
que escapan al asfalto, a él y a mí. Le conozco de mil vidas.
Jamás lo volví a ver. Curiosos los encuentros del cemento.