jueves, 28 de octubre de 2010

Matías, el guitarrista I.

-Sos una puta, eso es lo que sos. Puta, puta, puta, puta, puta- me espetó. Cada "puta" parecía renovar su desprecio por mí. Matías me amaba a su manera, claramente: el odio persigue al amor, misma potencia, distinto acto. Los ojos negros le resplandecían con el asco acumulado de casi diez años de cocaína, pupilas dilatadísimas a fuerza de la azúcar sacra que se arremetía por la nariz. Un hilillo de sangre le recorría el camino del orificio izquierdo de la nariz a los labios llenos como una divisa punzó que lo apuntaba como cocainómano empedernido. Mi cumpleaños número veinte afloraba en los dolores que corrían en mis costillas y las lágrimas que le regaban las chaparreras de cuero. Como él, eran impermeables.

-Te amo- Lágrima, lágrima, lágrima, lágrima.

-¿De amor me hablás?-Se rió, mientras sacudía las piernas para que lo soltara. Quería irse con la urgencia apremiante del sexo ajeno, de la concha conocida con la emoción de lo extramarital. Nancy era su teñidísima ex novia, con lo que había convivido en sus años locos de giras con su banda de cierta reputación, que a su vez era la ex novia de su también ex mejor amigo. Ex. Ex. Ex. ¿Cómo saber que él se volvería pronto el mío?

-Te amo- Patetismo encarnado.

-Puta- Me pateó, finalemente. El dolor fue emocional: el cuerpo, el corazón, la mente y el alma se me habían separado. Mi envase difícilmente podía sentir algo que no fuera la muerte predecible del primer amor. Hoy, junto los pedazos. Es la segunda vez que lo hago.

Celular. "Girls, girls, girls" al mango. Nancy. Patada. LLanto.

Y su espalda alejándose de mi, las botas texanas que le había regalado y su "clac clac clac" que se desprendían de mi cuerpo tirado en el cemento de la vereda, bañada en el sudor de mis ojos que difícilmente cesaría en los próximos días. O meses.

De esto, casi un año. Los veintiuno se me asoman entre cada pecho y el corazón se descongela a veces. El velo sigue cubriéndome como un ala de seda negra. A veces atisbo un destello de lo que hay más allá: el sexo tiene la magia de levantar la cortina para hacerme ver algo delicioso que está del otro lado.

El precio es alto.
Matías, Santiago, Rodrigo, Ezequiel.
Me enamoro como una imbécil. Grave problema.

Seré más sabia después de un par de eternidades.

jueves, 21 de octubre de 2010

Gabriel, el cantante IV.

La carne es débil. Y el retrosexo me puede. Y su beso en la mejilla, después de pasear los dientes y los ojos por mi piel íntegra durante la noche, no es más que una formalidad diurna. Ya debería saberlo, a esta altura. Él no me ama. Ni a mí ni a este cuerpo mío que me traiciona en la necesidad, tan hambrienta e insaciable que puedo entender que mi mera corporeidad le resulte risible.

Creo que me licencié de boluda y no me di cuenta.

jueves, 14 de octubre de 2010

Martín, la montaña I

Necesito coger con abandono, la veneración de mi carne, convertirme en Diosa, ser la Mujer, la Coca Sarli, sexualidad concentrada en cada milímetro cuadrado de suciedad altanera en mi piel. Respondo a su tacto delicioso con la porfiada inocencia de la histeria: él puede convertime en un manojo desbocado de mandíbulas locas y  ligamentos que se abren para recibirlo con todo mi cuerpo. Su cuerpo es mi hogar, anido en su pecho, con la confianza ciega, sorda, manca. Soy un Cristo en constante encarnación que ruge con cada clavo. Su mapa estelar me guía, simétrico, por todas sus montañas. Él es tan lunar. Gloria desconocida. Soy el orgasmo denegado, el desborde de piernas dementes, autoflagelo, el peso subacuático de su mirada me ata a la tierra.  

Hugo, el canadiense I.

La mañana me sobresaltó como quien presiente a la muerte babeándole las pupilas sobre la vertiginosa velocidad de mis propios pasos en el patio de Valencia. El aire me estallaba en los pulmones con un chasquido de líquido pleural arrollador que igualaba los rugidos de un tren.

La noche anterior había liquidado seis porros con mis hermanos, querubines lisérgicos que reposaban en los reductos de plástico que los vendedores de Easy tienen el tupé llamar reposeras de 180º de apertura. La resaca del faso europeo no era en sí misma tan terrible, pero la mezcla asesina de marihuana y alcohol había seguramente causado una masacre gore en mis ya exiguas neuronas. La muerte cerebral no era, quizá, lo trágico del asunto, sino el hecho de que no reconociera los pies en los que estaba parada. Pensé, entonces, que había tenido un encuentro cercano del cuarto tipo con criaturas alienígenas y que habían tomado mis pies originales para la investigación del ser humano y su fisionomía…

Mi corporeidad me asfixiaba, decididamente. La noción de saberme a más de diez mil kilómetros de casa me daba vértigo. El vómito era inminente, la necesidad apremiante. La Nausea había tomado cuartel en mi cuerpo y no estaba dispuesta a dejarme ir…

Y, por algún motivo, dentro de mi cabeza, hablaba en francés.

Fernanda se revolcaba en su silla de plástico y murmuraba en tonos políticamente sabios: -Consideración: los comunistas son igual de fatalistas que un oso pardo recién capturado por una manada de cazadores.-  Prosiguió con tono parsimonioso: -Moraleja: no salga, señor oso pardo, de su cueva. No vaya a ser y que lo confundan con un comunista y lo empalen por tener vértigo en la cola.-

Nos quedábamos en un telo de mala muerte: habíamos tomado Valencia como un descanso necesario del rush europeo de visitar y jamás dejar de visitar, de esta consciencia de ser tránsito en sitios de historias innombrables. Decidimos que sería, entonces, el sitio en el que reafirmaríamos nuestra trascendencia.
Llegamos a la Ciudad de las Flores en tren,  renuente tras haber pasado una semana en Barcelona, nadie que conozca Barcelona quiere abandonar Barcelona. Claramente, no quería ir a parar a un sitio cuya historia poco me emocionaba, estética poco apelaba a mi emoción y joda poco convincente. Pero mi hermano tenía un amigo viviendo allí y, como seguramente no volveríamos jamás, decidí concederle el gusto.

Descendimos (piropos españoles de por medio, pese a que en ese momento pesaba 20 kilos más de lo que pesaba ahora) y nos encaminamos con mochilas de 17 kilos hacia al hotel, el rótulo de “turistas” tatuado en nuestras argentinísimas frentes. Era un día insultantemente soleado: la temperatura escalaba los 20°C y mi remera de la Naranja Mecánica brillaba amenazante bajo el sol. Nos detuvimos, luego de caminar cerca de cuatro kilómetros desde la estación, en un albergue transitorio de dudosa reputación y Juan tocó el timbre. Una gorda mastodónica que tenía una rata por mascota descendió de las escaleras, envuelta en una salidera de raso amarillo y rosado, visage cruel para mis ojos quemados por el alcohol de la noche anterior.

El sitio tenía cinco pisos: el ascensor se reía en su decadencia y nuestras habitaciones estaban en el quinto piso. Decidimos ir a la plaza de Joao I (alguno de esos personajes europeos que aquí brillan en desconocimiento total) a hacer dinero con la guitarra. Nos sentamos, unos cientos de artistas copiaban la catedral y la sinagoga (dicotomías religiosas que rodeaban la plaza)y comenzamos a tocar.

Y lo vi.

Lo sentí una mezcla entre vampiro y Alex de Large: un híbrido extraño de personajes pálidos. Las rastas rubias enmarcaban la cara blanca y la nariz afilada. Rozaba el metro noventa de flacura: los brazos marcados con cicatrices viejas y queridas de la dulce luna rumiante que se inyectaba en las venas. La boca, una maravilla de la ingeniería moderna: una fruta rosada que exigía ser masticada como un chicle de frutilla, rítmica y eternamente hasta que perdiera el gusto o me doliera la quijada. Pero fueron los ojos los que me compraron e hicieron que me declarara suya, plaza entre él y yo. Era saltar en una tinaja azul de frío glacial, ojos sub-zero color diamante. Me vi reflejada, ahí, dentro suyo: sus siete pares de ojos internos, mirándome directo.

No recuerdo cómo o por qué, solo recuerdo que antes de mirarlo demasiado más, estaba sentado al lado mío y hablando sobre La Naranja Mecánica. Sus dedos artríticos de veinteañero intentaban tocar el reagge que tanto le gustaba, fracasando terriblemente en el intento. Descubrí que era canadiense, artrítico, disléxico y linyera. Siempre me los elegí bien, claramente.

Me empapaba en sus irises deliciosos con una diligencia apremiante. Podía hacer lo que fuera conmigo ahí y entonces. Fueron tres días de idilio, tres días de caminar mano a mano en Valencia, tres días de castidad pura y tres años de pensar en él después. Fue la magia de mis 18 recién cumplidos y de conocer a la persona capaz de borrar todas las cicatrices de mi cuerpo. El francés, idioma que despreciaba tantísimo por mi primer novio, se volvió música con su dulce quebecois, esa mezcla extraña que hablan los francocanadienses.

Hugo fue el primer hombre del que me enamoré. Y el primer tipo al que le lamí el sexo. Es impresionante como los viajes nos predisponen a las experiencias intensas, cualquiera sean ellas.

Gabriel, el cantante III.

No recuerdo cuánto tiempo pasó. Media hora, quizá quince minutos. Y entonces, surtió efecto. Gabriel, inexperto y ansioso, me tomó de las manos, y me propulsó del asiento, obligándome a salir del recinto escandalizando a los opiómanos tranquilos que fumaban en el cubículo al lado del nuestro. Comprendí su delirio lisérgico. Pensaba que lo perseguían.
Vio a Joao y lo apartó de un magnífico empujón al piso, tomando las llaves del auto y arrancándolo a toda velocidad. En el asiento del conductor, veía peltre burbujeante que me iría a chupar si me sentaba. Él ya lo vería también, cuando dejara de pensar que  sendos alienígenas venían a raptarnos en sus platillos voladores. Mascullaba algo acerca del arameo y las langostas y Jesús y los vampiros. Un ejército de gatos nos perseguía, él y yo éramos el último bastión de la libertad humana, previa a la dominación mundial felina. Deliraba sobre pájaros gigantes que manejaban el auto, que derrapaba a toda velocidad por las calles más pequeñas de Barcelona. Pero no estábamos en Barcelona: era Marte y las lozas rojas que habíamos visto antes, no era otra cosa que su suelo. Precisaríamos cascos de astronautas con urgencia extrema… Y trajes de baño, claramente.
Gabriel manejaba bastante bien para el estado en el que estaba, a la hora y media del efecto inicial, lloraba porque extrañaba América. Se había desnudado y daba vueltas por la estatua de Cristóbal Colón en el puerto (no recuerdo cómo llegamos al puerto. No recuerdo si llegamos al puerto)
-¡¿No ves, Lola?! Este pelotudo en calcitas apunta a casa. Ay, ay, ay, ay, mi casita, que es tan linda, toda llena de flores, y que quiero que sea tuya y mía y tuya y mía. Porque quiero casarme con vos, ¿sabías? Porque sos una putita tan linda, tan buena, tan inteligente... A veces, hasta me da por amarte, loca. Llllllllllllllllola. Loooooooooolita. Qué lindo que es tu nombre, ¿dónde habré aprendido a decírtelo así? Ash, laputamadrequeloreconchamilparió. Me gustaría ser indio y andar en pelotas todo el día. Todo el día. Díiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiia. Y noche, claro, noooooooooooooooooooooche. Nnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnoche.-
Su primer vuelo era magnífico, opiné. Yo miraba los dibujos que formaban las estrellas y que sabía que se llamaban constelaciones, pero nunca recordé a Larry, Curly y Moe intentando entrar por una puerta a la vez en mis libros de astronomía.
Pero entonces la vimos los dos. Sabía que Gabriel también la veía, porque nos tocó a los dos con su varita mágica: sí, sí, sí. La camarera venía a acariciarnos las caras, volando con sus alas de verdad, mientras él y yo nos tomábamos las manos maravillados, empapados en su gloria sublime de humos y luces de colores. Rojo y verde nos encandilaban en un delirio navideño mortal en cualquier otro contexto, excepto porque sabíamos que nunca nos haría daño: ¡era la única e inigualable Hada Verde! Jamás nos lastimaría. Jamás nos. Jamás.
Y todo se vuelve borroso luego.
Me desperté a la mañana siguiente (mandando el congreso, mi vida y Barcelona a la reverendísima puta que lo parió) en el coche al lado de un desnudísimo hombre que no reconocía. Gabriel había metamorfoseado para mí y ante mí, el rictus de cura réprobo que lo perseguía hasta en sueños se había desvanecido… Dormido, ese estado en el que los párpados son la única separación entre lo que uno es y lo que pretende ser, Gabriel era hermoso. La libertad que ahora le empapaba las pestañas daba una cualidad extra a su alma indómita, casi como una de esos prodigios que a los de la Real Academia Española les gusta designar como “caballos”. Patrañas: son almas con patas y así deberían llamarlos. Gabriel se volvió caballo con una naturalidad inusitada en hombres de cartón como él, con una facilidad dulce e indolora, dejando atrás al periodista, siendo sólo él. Cuando abrió los ojos, lo noté: el hambre le carcomía las pupilas, la sed le quemaba el fondo de los ojos. Por dentro, llameaba con la intensidad de mil soles, enviándome en una clave Morse febril el mensaje incandescente de querer más, más vida, más drogas, más muerte, más yo, más él, más todo.
Saqué el porro que tenía en el corpiño y lo miré con divertida cautela: no pude decirle nada. Tampoco quise, sólo lié con lentitud golosa y lo prendí como si no hubiera mañana y mirando por la ventana. Gabriel lo tomó entre sus dedos y dio la primera calada, profunda, bella y plena. Como si el hueco que tenía dentro se hubiera llenado del humo dulce y picante del faso y quisiera comprimirlo dentro suyo para que nunca se vacíe.

            -¿Eso no impide tu crecimiento o algo así?
            -  Metete el comentario en el culo, Lolita…

Sonreí. Sonrió.
            Sin deja vu’s. 

miércoles, 6 de octubre de 2010

Gabriel, el cantante II.

Para cuando llegamos al hotel (¿o debería decir “telo”?), ya había reducido tres cuartos de la primera botella. La mezcla con pastillas para dormir no era satisfactoria, pero me mantenía cómodamente adormecida, un útero placentero y encantador que me acunaba con cálida seguridad. Me movía en cámara lenta, y lo sabía, pero no podía hacer nada para evitarlo. Babeaba sobre el mostrador sonriendo como una gila y derramándome como una gota de caramelo, cuando Gabriel me arrastró escaleras arriba y me arrojó en la cama. Parecía que compartíamos cuarto.
El congreso sobre el estado del cumplimiento de los Objetivos del Milenio de la Organización de las Naciones Unidas sería al día siguiente, según me enteré cuando desperté de una siesta sumamente fructífera que acomodó mis ideas y enmarañó el embrollo rubio que tengo por cabello. Sonreí cuando vi que Gabriel ordenaba por tamaño una serie de baratijas que seguramente había adquirido cuando estuve K.O. Notó mi movimiento errático al salir de la cama, trastabillar con la manta enrollada a sus pies, tropezar con el tacho de basura y finalmente llevarme puesta en pleno rostro la puerta del baño con el rabillo del ojo. Le costaba mirarme directo a la cara cuando estaba desnuda.
-Ay, chiqui, vaya a saber uno cuándo crecerás…
-¡Nunca! Soy Peter Pan: este hermoso envase te acompañará cuando seas un viejo decrépito que precisa de pañales.
-Genial saberlo, gracias. ¿Qué querés hacer esta noche?-
Saqué mi cabeza del baño y lo miré anonada. Nunca me dejaba decidir. Completó:
            -Me trajiste a Barcelona. No tuve la propiedad de agradecerte. Así que hoy decidís vos.
            Sonreí. Me miró aterrado. Esa sería una gran noche.
El bar que había elegido estaba oculto en la calle Rodin, un reducto que difícilmente debía ser reconocido como “calle” de piedras color ladrillo de 100 metros de extensión. Era algo así como el paraíso de los malvivientes barceloneses, de esos bohemios que sólo existieron en la nouvelle vague francesa, de boinas, remeras rayadas y chasquidos de dedos. Malditos, malditos beatniks y sus chasquidos… Esos que emulaban al proverbial estereotipo francés, vamos. “Degas” estaba fuera del alcance del ojo común, su presencia era únicamente delatada por un cartel negro y rojo encima de una puerta angosta de hierro negro forjado. Unos telones color rojo vino separaban sendos cubículos con sillones negros en moda art noveau francés, pequeños divancitos para un máximo de cuatro personas. La música era  tenue y babosa, a penas distinguible en el murmullo de voces laudanosas del recinto. La luz se derretía, pacientemente: el rojo sensual invadía pupilas difusas y los olores inciertos a sexo extramarital, drogas y cigarrillos violaban la nariz. Ah, pero qué belleza… Música de ensueños hindú. Casa francesa. Tierra española. Después dicen que las culturas híbridas no existen.
 Joao nos había llevado hasta allí por expreso pedido mío (él había afirmado que no se metía en la calle Rodin cuando Gabriel le preguntó, pero no hay cosa las lágrimas de una mujer no puedan sino remediar) y podía apostar que nos esperaba fuera. Creo que, de una manera u otra, intuía nuestro destino.
Gabriel se revolvía nervioso en el diván. No estaba demasiado seguro de cómo sentarse, de cómo colocar las piernas en el diván negro que nos tocó en nuestro cubículo reducido y pornográfico para continuar viéndose masculino, cómo actuar en general, y conmigo en particular. La vergüenza le cacheteaba las mejillas sonrojadas. Era adorable verlo así de abochornado, casi como mi propia abuela escandalizada cuando le confesé mi afición por la lencería de animal print. En mi defensa, ella empezó.
Ordené a una pelirrojísima camarera dos rondas de rusos blancos para que se le aflojara la tensión. Lo conocía, no podía decir que no. El silencio, tajante, abría cicatrices  nuevas entre él y yo (pobre La Relación, bancarse esos cuchillazos…) Lo engulló con necesidad apremiante y me miró. Pronto su atención se desvió al cortinado que protegía la intimidad de nuestro cubículo: se había aparecido una señorita con corsé de canutillos verdes, medias de liga traslúcidas verdes, zapatos verdes, guantes largos verdes, liguero verde, maquillaje verde y cabello rojo furioso. El rojo furioso, en realidad, era Gabriel al ver que en sus manos sostenía una bandeja con dos vasos pequeños, dos cucharas plateadas horadadas, una botella con un líquido tan verde como ella, una jarra pequeña y terrones de azúcar. La señorita dejó la bandeja encima de la mesa ratona y se retiró.
Sonreí. Me miró horrorizado. Esa sensación de deja vu apestaba.
Procedí, entonces, a verter el contenido verde en cada vaso, colocar la cuchara encima de cada uno, primorosamente situar un terrón de azúcar sobre ésta y pasarle agua. Embuché el ajenjo y me lamió la garganta. Sonreí. Gabriel masculló algo acerca de mi falta de decencia y tomó el suyo.
Siempre había querido probar el ajenjo y él lo sabía. La bebida mítica de poetas infames y prostitutas famosas estaba rodeada por un aura intoxicantemente seductora y nunca supe manejar la sugestión de maneras honrosas. En sí misma, la absenta/ajenjo/absintha no produce nada más que una borrachera lúcida. Eso, si está bien graduada, claro. La absintia, el compuesto tóxico del ajenjo, estaba diluida en 82% con alcohol en este ajenjo particular. Léase, explosivo. La combinación de ambas acarrea al afortunado bebedor a un estado de alucinación total. Yo sabía esto. Él sabía esto. Mi silencioso desafío nos llevó a zamparnos la botella, dagas dulces de sus ojos a los míos asesinándome de mil maneras distintas. La intensidad de su mirada era inversamente proporcional a la cantidad de líquido que aún permanecía en la botella. Lentamente, incluso, parecía que hasta le simpatizaba. Oh, las doradas propiedades de  las drogas.

Habiendo llenado mi corpiño con cualquier cantidad de sustancias psicotrópicas ilegales disfrazadas de medicinas, saqué de mi escote una pequeña piedra de marihuana enmascarada como píldora para la presión. Lié un porro con dificultad, risas borrachas mediante, y lo encendí. Lo calé profundo y le tiré el humo en la cara.  El aroma pareció embobar a un Gabriel distendido, que procedió a arrebatarme el porro de entre mis dedos para calarlo él. Quizá hasta más profundo que yo. Sabía que le había pegado en lo más profundo de la nuca cuando se le asomaron dos lágrimas vidriosas en cada ojo orientalizado, pronto con las pupilas dilatadísimas. El ajenjo volvía a mi Gabriel una criatura más dulce, más experimental y, sobre todo, más libre. He ahí la belleza intrínseca de las drogas: proporcionar una libertad inusitada al usuario que sabe cómo usarlas. 

Ezequiel, el bigotudo I

SITUACIÓN: Lolita y Angie (su mejor amiga de la infancia) son dos más de las cabecitas de fósforo que se repiten ad nauseum en las causalidades subterráneas porteñas. Sentadas en el plástico sudado de los asientos de la Línea D, se embarcan a una nueva aventura.

L: No puede ser lo que soñé el otro día. Juro que soy festín de los psicoanalistas. Freud podría darse un panzazo conmigo que confirmaría toda su teoría.
A: ¿Soñaste que te cojías a tu vieja?
L: ¿Qué? ¡No!
A: ¿Entonces?
L: Soñé que estaba en una barbería, de esas que nos hacen creer las películas yanquis de los '50 que existían. Quizá ni existían. Pero bueno, era de esas. Escucho parte del "Barbero de Sevilla", enfundada en una bata blanca de peluquero que las películas yanquis de los '50 nos hacían creer que existían. Y voy a mi cliente.
A: Depurá.
L: Soñé que afeitaba a Marx.
A: Viste muchos dibujitos.
L: O estudié demasiado Herramientas de Análisis Político.
(El sujeto sentado al lado de Lolita (que venía leyendo un libro de Galeano) le toca la pierna, ante lo cual gira su cabeza. Lolita no ve más allá de los increíbles bigotes nietzschianos peinados con las puntas hacia arriba entre boca y nariz. Nos referiremos a él como E.)
E: Disculpá, te tengo que felicitar.
L: ¡¿Qué?! Si tenés que felicitarme por lo que sueño, estamos peor de lo que creía.
E: Claramente.
L: Igual, tenés un bigote a la Nietzsche (N/A: Ven que sí tenía bigote nietzschianos?)
E: Pensé que eran más a la Tony Levin...
L: Tenés demasiado pelo.
E: ¿Sabés quién es Tony Levin?
L: Claro, uno de los tres mejores pelados del mundo. Justo por debajo de Peter Gabriel.
E: Fa... Te gusta Crimson?
L: Claro, sé quién es el Tony, pero no me gusta Crimson.
E: Yo pregunto igual.
L: Sí, me gusta. De todas maneras, estaba pensando que si te lo dejás sobre los cachetes, te parecerías más a Lemmy. Por lo morocho.
E: Mötorhead también?!
L: Pero claro. Igual, mi teoría oficial establece que son las verrugas de Lemmy, no Lemmy, quién toca los instrumentos. Pero esa soy yo...
E: Wow... Mirá, me tengo que bajar. Te dejo la tarjeta de mi banda. Me encantaría que la escuches.
L: Dicho y hecho.
(E. se baja del subte en Pueyrredón.)
A: Estas cosas te pasan sólo a vos, boluda...

Coincido, Angie.

Hete que, quizá engendrado por la sensación curiosa de que el destino había puesto en mi camino al tan bigotudo personaje subterráneo, terminé escribiéndole al contacto de su muy progresiva banda. Hete que me contestó, firmando como Ezequiel. Hete que a las dos semanas, Ezequiel y yo terminamos enredados y sudorosos sobre la mesada de su cocina escueta, rodados por judíos y tiendas kosher, escuchando PanterA  a la luz trémula del sol de invierno.

Hay cosas que deberían hacerme creer en Dios. Esta es una de ellas.

lunes, 4 de octubre de 2010

Gabriel, el cantante I.

Lo anecdótico del modo en el que conocí a Gabriel sólo es opacado por lo bello y terrible de ir desconociéndolo mediante pasaban esas españolísimas horas cruciales. De ese  hombre que había deglutido por primera vez hacía dos años a pupila dilatada, poco quedaba. En ese momento, Gabriel, con los treinta años y monedas aflorándole en las arrugas de los ojos, trabajaba para cierto periódico anti-K y cantaba en una banda de hard rock que solía tocar en antros de dudosa reputación. Yo era una niña que oficiaba de modelo SG, un sitio web erótico de cierta notoriedad, y hacía ya cuatro años que trabajaba en el BAH. Una adolescente rebelde, un hombre mayor. La ecuación era lógica.
Estaba liando un porro en la puerta de una conferencia de prensa de algún político infame, riéndome en su ignota cara burocrática por la ineficacia de controlar a una nenita en plano afán de descostillar el cerebro y desmadrar las costillas. Él salía, desajustándose la corbata-prisión y mesándose el cabello recedente, tan recedente. Me miró escandalizado y bulló el pérfido paternalismo constante que definiría nuestra relación más adelante. Algún comentario demeritorio acerca de las inhibiciones físicas del porro, en tremebundo, tremendista, asqueroso plan: "No vas a alcanzar tu potencial, chiquita." Si bien es justo y siempre tuve cara de pendeja, era colmo y pura causalidad que lo fuera. Y ya alcanzado pleno uso de mis facultades democráticas un mes y medio atrás. Pero el "chiquita" era material para colocarlo y aplicarle todo mi batmánico poder. Sin piedad, acomodé el escote, risa para enamorar y gemí un por qué no se metía la observación en algún lugar donde no brillara el sol y volvía al oscuro agujero del que había provenido. Le sonreí. Me sonrió. Y así comenzó todo.
Había pervertido, desde entonces, al pobre periodista antidroga, forzándolo a los ridículos más extremos y los pedidos más inquietantes. Mi Lolita es fantástica: ama y señora del todo en tanto negociara con  la maravilla anatómica que tengo por coño. Claro que no hubo tregua con respecto a mi ecléctico sentido del vestir, tanto así como yo no pude conseguir esposarlo a los barandales de la cama. Dejé de pasearme desnuda por su departamento en tanto él aceptó que saltar en la cama era un ejercicio cuando menos noble. El orden estricto y la limpieza intachable regían en Gabrielandia en tanto se me permitiera una hora de ducha, canciones de cuna para dormir y comer galletitas Terrabusi en la cama. Ceder, delicia de la vida en concubinato.
No obstante, implacable, dogmático, estúpido y sensual Gabriel. Jamás avancé un paso en materia de psicoactivos... O alcohol, la sorpresa cósmico galáctica más horrorosa del año. Siempre enarbolé con pasión (y como pobre excusa) el lema de in vino, veritas como motus de vida, suponiendo en plena solución de continuidad que una persona que no pudiera embriagarse frente a otra, carecía en todo extremo de la sinceridad humana básica. La falta la animalidad ebria delante del prójimo indica la negación de una faceta indudablemente vital en la vida de una pareja. Si bien él era adepto a la delicia de los rusos blancos, se negaba a ingerir bebidas alcohólicas mientras estuviera a cinco metros de mi cuerpo. El tema solía mantenerme despierta hasta altas horas de la noche, más que muchos otros rasgos preocupantes, como la pérfida manada de vejestorios y jovencitas que pululaban alrededor suyo en cada concierto.
Hete que cierto martes me habían llamado para avisarme que debía correr a Barcelona, ciudad de mis amores, para hacer una entrevista a Dios sabe quién por Alá sabe qué. Mi obesísimo y sudoroso editor, una maravilla de la ingeniería moderna que nadie podía comprender cómo un cuerpo tan descomunal  podía erguirse sobre patas tan flacas, me permitió elegir a mi fotógrafo. Sonreí maliciosamente: si él quería que la mejor periodista de internacionales trabajara, lo haría bajo mis reglas.
            -Ya tengo a alguien en mente, George. Es un fotógrafo espléndido, primera calaña, ya vas a ver. 
Fui al teléfono público más cercano (Personal me había cortado los víveres de una manera asquerosa) y marqué los diez familiares dígitos de mi Humbert y ejerciendo mi atracción malsana de nínfula le sugerí (le obligué, vamos) a acompañarme a Barcelona.
            -¡¿Tenés algo mejor que hacer, forro?!
            -¿Trabajar, quizás? Y no uses lenguaje soez: ¿con esa boca le decís te quiero a tu mamá?
            -Sí, la misma boca con la que el otro día te…
            -Entendí la idea, Dolores. Mirá, sabés que amo viajar. Sabés que te quiero a vos. No me hagás una escenita de nena.
            -Vos te lo perdés, Gabriel. Me voy. Tengo que pedirle a Tom que me acompañe y sabés cómo tarda en hacer las valijas…
            -Sos una manipuladora de mierda, Lola.
            -¿Y con esa boca le decís te quiero a tu mamá?
            - Ja. ¿Dónde te encuentro?
            - Ezeiza. Tenés tres horas.   
            Escuché el tono del teléfono colgado, ese que se parece tanto al sonido de Terapia Intensiva y de paciente muriendo y sonreí. Tenía que empacar. Rápido.
Arrastraba mi valijita rosa chicle por los pisos encerados del Aeropuerto Internacional de Ezeiza, esperando verlo aparecer en cualquier momento. Estaba suscitando sospechas, paseándome en círculos así. Y eso no era bueno, ni tan siquiera para una persona con el carnet de prensa adherido en el seno derecho. Cualquiera fuera mi escudo periodístico, seguía teniendo cualquier cantidad de drogas en el escote. Nunca se me ocurrió mejor lugar de contrabando, especialmente teniendo en cuenta que el carnet de prensa evade investigaciones policiales y sus leales canes que tanto se empeñan en arruinar un poco de sana diversión lisérgica.
Entonces, Gabriel se dignó a aparecer detrás de una horda de turistas japoneses maravillados, seguramente, con la fuerte sociedad que somos, confiando nuestros viajes en una estructura tan precaria. El cabello, dos años después, seguía recedente: la línea había retrocedido uno o dos centímetros y las patas de gallo le arañaban los ojos hacia fuera. Ocultos detrás de su rictus de desaprobación total, sus dientes perfectos. El cuerpo firme se balanceaba con la gracia de quien se sabe sensual, una caminata grácil y arrolladora directo hacia mí. Oculto bajo la camisola blanca, el tatuaje con mi nombre sobre el corazón (uno de esos chascarrillos ocurrentes que ideaba de tanto en tanto. Lo forcé a hacérselo, a cambio de ocultarme durante la visita de su muy extensa parentela)
-No me pongás esa cara, Gabriel. Te estoy llevando a Barcelona, no a un funeral.
            -No te pongo ninguna cara. Sólo rezo por que algún día crezcas.
            Le sonreí encantadoramente, como siempre que hacía algún comentario relacionado a mi edad. No me llevaba tantos años: quince años difícilmente catalogaban como una diferencia de edad morbosa. Extendí las manos y tomé su portadocumentos, todo papel ordenado alfabéticamente desde la partida de nacimiento hasta el carné de seguro social. Suspiré. Esas mañas se le pondrían peor cuando se viniera viejo…
El embarque fue relativamente rápido, lo que dio paso a mi cruzada consumista etílica: solía mancillar los Duty Free Shops en busca de alcohol barato. Gabriel sólo me miraba con el rabillo del ojo y negaba con la cabeza. Migraciones. Pum. Pam. Avión, bandeja plástica con comida plástica, champagne, película devastadoramente aburrida, cuatro alplax de dos mg picados y esnifados  y doce horas seguidas de hermoso sueño en un asiento de 98° de extensión. El tupé de los vendedores de aerolíneas era decadente. Sentía, cada tanto, a Gabriel tomándome el pulso, sobrevolándome como un tábano descomunal y palpitante. Su modo de cuidarme era, claramente, extraño, pero seguía siendo un modo de cuidarme. Intuía que, más allá de su sentimiento de culpa constante, albergaba un amor inagotable por mí… Intuía, jamás lo sabría con certeza, menos que menos por boca suya. Difícilmente hablaba de sus sentimientos, menos aún de sus emociones hacia mi persona. El extraño ente que vivía entre él y yo, que había sido bautizado como “La Relación”, tenía dimensiones desconocidas para mí. Jamás sabía su estado, su salud, su tamaño, o incluso la veracidad de su existencia. Vivía en una incertidumbre constante, amando sin garantías a un hombre que ya había experimentado el amor con otras y que, seguramente, seguía amando en algún recoveco sensible.
Me desperté a raíz de un golpe particularmente violento en la frente. Abrí un ojo. Abrí el otro y vi a Gabriel mirándome indignado.
            -Llegamos. Levantate.
            -Vale, vale. No había necesidad en levantarme así.- le reproché. Siempre detesté la sacudida violenta/golpe gratuito para despertarme: el modo en el que me despiertan signa mi día sin chances de recuperación.
            -No había necesidad de tomar tantas pastillas, Dolores. Te dormiste incluso durante el trasbordo. Tuve que llevarte alzada al otro avión en Barajas y decir que tenías narcolepsia…
Luego de recoger nuestras valijas (la rosa chicle y una sobria, negra y aburrida como él) en un proceso particularmente tedioso, únicamente revitalizado porque me dormí sobre la cinta transportadora y Gabriel tuvo que rescatarme galantemente, salimos fuera. Un cartel que rezaba: “Dolores Jeiz + 1” era sostenido por un morochón inmenso de manos con dedos de salchicha vienesa que seguramente podría asfixiarme de un ligero apretón. Estaba parado delante de un coche negro de vidrios polarizados. Acerqué mi boca a su mejilla cual misil teledirigido cuando la mano de Gabriel detuvo mi avance. El morochón me dio la mano y me explicó cortésmente que su nombre era Joao, y siendo portugués, chapurreaba un español de lo más simpático. Él sería nuestro chofer durante nuestra estadía, contratado por la agencia Reuters que auspiciaba nuestra estancia en España, explicó en su castellano cantado (qué lindo imitar el cantito), y con una sonrisa inmensa de dientes blanco cocaína nos abrió la puerta y se puso a nuestro servicio. Nos informó que nos llevaría al hotel y que el congreso sería más tarde.

-¿Qué congreso, Dolores?
            - No puedo decírtelo.
            - … (mirada asesina)
           -Bueno… Uno, no sé, no tengo demasiada idea. Sólo empaqué y vine. Virtualmente, sé lo mismo que vos: sé que es de política internacional, sino no me hubieran mandado a mí. Ya nos enteraremos.