lunes, 9 de mayo de 2011

Orgasmo I

Fue un orgasmo tan violento que no siento los dedos, ahora: no siento mis dedos ahora. Me suda la bajo teta, el  mareo postacabada reclama mi estómago y la cabeza se me instala en el mismísimo centro mío, al mismísimo centro de la tierra. Tun tun tun, palpitar rodante  y mil picanas: es un placer dictatorial que me lame todo el cuerpo, como dos mil trescientas cuarenta y tres hormigas pestañeándome en las pantorrillas. El latido es uno, tambor chacarero en medio del cuerpo: tun tun tun tun que destroza mi vagina a fuerza –ritmo  implacable. Mastico alguna puteada.  Patitas en cualquiera: los hombros con todo el peso del sueño postcoital, ojos de dormitorio right now .Mis párpados son dos morsas, caen sobre mi mejilla y escribo en modo hipergrafia sociópata bastante desnuda. Se me enfría el sudor de la bajo teta, qué asco. Huelo salado y a diez mil mundos. Diez minutos de vibrador, Dios, esto es lo mejor del mundo, DEL MUNDO. Dios, , prolóngame. ¿Cómo no elegir prolongarme? Yo no puedo morirme: soy tan infinita ahora.

Las rodillasgelatinaRoyal: diversión en mi concha. La bombachita bordó a lunares continúa húmeda y chorreo a la silla de peluchito azul. Soy tan adolescente que me doy asco. El olor a mis hijos no nacidos es mareo: nada me enamora más que mi propia acabada.  Ay, tengo los muslos empapados. De ser hombre, esta acabada hubiese sido el mejor hijo, la leche más intensa.

Qué miedo que me da ser feliz. 
Mi intestino se hace manguera al pensar en sacrificarme, los mecanismos de defensa hincan el diente en mi sagrada trinidad. Ya no hay posesión. Ya no hay nada.

Tengo un vértigo inmenso en medio del estómago: la leche de la mañana es un maremoto, las contracciones de mi cuerpo frustrado por no acabar (¿acabar demasiado?) marean todo el alimento. Seguramente vomite. Eros-tanatos, aquí, en mi centro. Qué cuero tan tirante que tengo: si me acarician, se me evapora el espíritu.

No quiero volver jamás: estoy tan bien acá.
Una tostada y un noni. 
Me voy a morir un rato. Chau. 

lunes, 21 de febrero de 2011

Gabriel, el cantante VIII

El lunes pasado dormí en su casa, después de dos meses de no verlo. Las telarañas entre mis muslos eran más sabias que yo: era predecible que no iba a tocarme. Predecible, dije, no me corrijas: no fue menos desgarrador. El dolor atroz de acostarme a su lado me latía en el estómago, la llamada del francés deseándome un feliz San Valentín atormentó mis nervios y asesinó mi calma, el alcohol gratis siempre superará a la vergüenza en momentos de necesidad.

Así que bebí como jamás me vio hacerlo, con las esperanzas de abandonar mi pérfida costumbre de revolverme insomne y dejar que mi cerebro se revolucione con la angustia de saber que su alma estaba lejos y dormía, todo un invierno de oso polar en sus pupilas. No me quería. No como yo lo quería al él, al menos.

Sentía, en esa lucidez borracha del sueño previo, a Gabriel tomándome el pulso, sobrevolándome como un tábano descomunal y palpitante. Su modo de cuidarme era, claramente, extraño, pero seguía siendo un modo de cuidarme. Intuía que, más allá de su sentimiento de culpa constante, de ese paternalismo absurdo, de su necesidad de criticar mi comportamiento constantemente, albergaba cierto tipo de afecto por mí… Intuía, jamás lo sabría con certeza, jamás por boca suya. El extraño ente que vivía entre él y yo, que había sido bautizado como “La Relación”, tenía dimensiones desconocidas para mí. Jamás sabía su estado, su salud, su tamaño, o incluso la veracidad de su existencia.

Me percaté, a la mañana siguiente, de que vivía en una incertidumbre constante, amando sin garantías a un hombre que ya había experimentado el amor con otras y que, seguramente, seguía amando en algún recoveco sensible.

Pero cuando ese malsano invento comunicacional del facebook me confirmó la existencia de esa otra, creo que incluso me sorprendí. Sí. Le decía "amor". Él.

Es interesante observar cómo se desestabiliza un planeta en cuanto su centro se desmorona, un derrocamiento necesario desde hacía ya mucho tiempo. Cuando Rodrigo finalmente escapó del amor inconmensurable que le tengo, no dejé de sentir que es una falla mía. Que yo, de alguna manera, no pude satisfacer aquello que él precisaba, tan imperiosa era su necesidad. Que hizo lo lógico, buscando el amor en una mujer que no fuera yo. Que era culpa de que él no me quisiera era enteramente mía.

Patética.
Me desestabilizé.
Y con la misma facilidad, me rearmé.
Soprendente.
Supongo que, como a todo músculo, al corazón le saldrán callos.

domingo, 16 de enero de 2011

Gabriel, el cantante VII.

Me recordó, con el pulcro cuello de su camisa de trabajo blanca acogotándole la amabilidad, que su cama bajo el estrés de mi peso (influido por la fuerza cinética y potencial de mi épico salto) se rompería en cualquier momento. Le saqué la lengua detrás de la mandrágora fuera de control que tengo por cabello y procedí a quitarme los zapatos, empujando el talón de uno con la punta del otro, arruinándolos en el proceso, según él, no sin antes aludir a mi grosero gesto facial.

Me desvestí a los apurones, revoleando la ropa por encima de mi cabeza en trayectoria directa al piso, mientras él, que se aflojaba la corbata y suspiraba, recogía las prendas.

-No puedo creer, Lola, que sigas siendo así de desastrosa. No soy tu padre para andar levantando tus desastres de mi piso- masculló, tan característicamente, masticando el enojo, pronunciando mi nombre tan provincianamente, tan encantadoramente. -Sigo sin entender qué hago con una nena…
-Mujer.
-Como digas, una mujer como vos. Fumás como un escuerzo, blasfemás como un pirata, tomás como un cosaco, no podés evitar contestar ni tener la última palabra, te bañás demasiado, disfrutás del ridículo público –o sólo de ridiculizarme a mí-, no podés seguir una conversación por más de diez minutos que ya cambiás de tema, sos verborrágica, sos demasiado orgullosa, sos terriblemente cabrona, decís las cosas inadecuadas en los momentos inadecuados, dejás la ropa tirada, no tenés sentido del decoro o el pudor…
-Y no te olvides de que salto a la cama gritando ‘Y Benji Gregory en… ¡AAAAAALF!- le contesté, sonriente, mientras prendía un cigarrillo.


Ah, pequeñas delicias de la vida en concubinato.

Gabriel, el cantante VI.

Amor, definición de la Real Academia Lolística: mi odio porque no sos ni serás jamás quien yo desearía que fueras y, de todas maneras, si fueras el que yo creo que quiero que seas, dejarías de interesarme.