domingo, 16 de enero de 2011

Gabriel, el cantante VII.

Me recordó, con el pulcro cuello de su camisa de trabajo blanca acogotándole la amabilidad, que su cama bajo el estrés de mi peso (influido por la fuerza cinética y potencial de mi épico salto) se rompería en cualquier momento. Le saqué la lengua detrás de la mandrágora fuera de control que tengo por cabello y procedí a quitarme los zapatos, empujando el talón de uno con la punta del otro, arruinándolos en el proceso, según él, no sin antes aludir a mi grosero gesto facial.

Me desvestí a los apurones, revoleando la ropa por encima de mi cabeza en trayectoria directa al piso, mientras él, que se aflojaba la corbata y suspiraba, recogía las prendas.

-No puedo creer, Lola, que sigas siendo así de desastrosa. No soy tu padre para andar levantando tus desastres de mi piso- masculló, tan característicamente, masticando el enojo, pronunciando mi nombre tan provincianamente, tan encantadoramente. -Sigo sin entender qué hago con una nena…
-Mujer.
-Como digas, una mujer como vos. Fumás como un escuerzo, blasfemás como un pirata, tomás como un cosaco, no podés evitar contestar ni tener la última palabra, te bañás demasiado, disfrutás del ridículo público –o sólo de ridiculizarme a mí-, no podés seguir una conversación por más de diez minutos que ya cambiás de tema, sos verborrágica, sos demasiado orgullosa, sos terriblemente cabrona, decís las cosas inadecuadas en los momentos inadecuados, dejás la ropa tirada, no tenés sentido del decoro o el pudor…
-Y no te olvides de que salto a la cama gritando ‘Y Benji Gregory en… ¡AAAAAALF!- le contesté, sonriente, mientras prendía un cigarrillo.


Ah, pequeñas delicias de la vida en concubinato.

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