Lo
anecdótico del modo en el que conocí a Gabriel sólo es opacado por lo bello y
terrible de ir desconociéndolo mediante pasaban esas españolísimas horas
cruciales. De ese hombre que había
deglutido por primera vez hacía dos años a pupila dilatada, poco
quedaba. En ese momento, Gabriel, con los treinta años y monedas aflorándole en
las arrugas de los ojos, trabajaba para cierto periódico anti-K y cantaba en
una banda de hard rock que solía
tocar en antros de dudosa reputación. Yo era una niña que oficiaba de modelo SG, un sitio web erótico de cierta notoriedad, y hacía ya cuatro años que trabajaba en
el BAH. Una adolescente rebelde, un
hombre mayor. La ecuación era lógica.
Estaba
liando un porro en la puerta de una conferencia de prensa de algún político infame, riéndome en su ignota
cara burocrática por la ineficacia de controlar a una nenita en plano afán de descostillar el cerebro y desmadrar las costillas. Él salía, desajustándose la corbata-prisión y mesándose el cabello recedente, tan recedente.
Me miró escandalizado y bulló el pérfido paternalismo constante que definiría nuestra
relación más adelante. Algún comentario demeritorio acerca de las inhibiciones físicas del porro, en tremebundo, tremendista, asqueroso plan: "No vas a alcanzar tu potencial, chiquita." Si bien es justo y siempre tuve cara de
pendeja, era colmo y pura causalidad que lo fuera. Y ya alcanzado pleno
uso de mis facultades democráticas un mes y medio atrás. Pero el "chiquita" era material para colocarlo y aplicarle todo mi batmánico poder. Sin piedad, acomodé el escote, risa para enamorar y gemí un por qué no se metía la observación en algún lugar donde
no brillara el sol y volvía al oscuro agujero del que había provenido. Le sonreí. Me sonrió. Y así comenzó todo.
Había
pervertido, desde entonces, al pobre periodista antidroga, forzándolo a los
ridículos más extremos y los pedidos más inquietantes. Mi Lolita es fantástica: ama y señora del todo en tanto negociara con la maravilla anatómica que tengo por coño. Claro que
no hubo tregua con respecto a mi ecléctico sentido del vestir, tanto así como
yo no pude conseguir esposarlo a los barandales de la cama. Dejé de pasearme
desnuda por su departamento en tanto él aceptó que saltar en la cama era un
ejercicio cuando menos noble. El orden estricto y la limpieza intachable regían en
Gabrielandia en tanto se me permitiera una hora de ducha, canciones de cuna
para dormir y comer galletitas Terrabusi en la cama. Ceder, delicia de
la vida en concubinato.
No
obstante, implacable, dogmático, estúpido y sensual Gabriel. Jamás avancé un paso en materia de psicoactivos... O alcohol, la sorpresa cósmico galáctica más horrorosa del año. Siempre enarbolé con pasión (y como pobre excusa) el lema de in vino, veritas como motus
de vida, suponiendo en plena solución de continuidad que una persona que no pudiera
embriagarse frente a otra, carecía en todo extremo de la sinceridad humana
básica. La falta la animalidad ebria delante del prójimo indica la negación de
una faceta indudablemente vital en la vida de una pareja. Si bien él era adepto
a la delicia de los rusos blancos, se negaba a ingerir bebidas alcohólicas
mientras estuviera a cinco metros de mi cuerpo. El tema solía mantenerme
despierta hasta altas horas de la noche, más que muchos otros rasgos
preocupantes, como la pérfida manada de vejestorios y jovencitas que pululaban
alrededor suyo en cada concierto.
Hete
que cierto martes me habían llamado para avisarme que debía correr a Barcelona,
ciudad de mis amores, para hacer una entrevista a Dios sabe quién por Alá sabe
qué. Mi obesísimo y sudoroso editor, una maravilla de la ingeniería moderna que
nadie podía comprender cómo un cuerpo tan descomunal podía erguirse
sobre patas tan flacas, me permitió elegir a mi fotógrafo. Sonreí maliciosamente: si él quería que la
mejor periodista de internacionales trabajara, lo haría bajo mis reglas.
-Ya tengo a alguien en mente, George. Es un fotógrafo espléndido, primera calaña, ya vas a ver.
-Ya tengo a alguien en mente, George. Es un fotógrafo espléndido, primera calaña, ya vas a ver.
Fui
al teléfono público más cercano (Personal me había cortado los víveres de una
manera asquerosa) y marqué los diez familiares dígitos de mi Humbert y
ejerciendo mi atracción malsana de nínfula le sugerí (le obligué, vamos) a
acompañarme a Barcelona.
-¡¿Tenés algo mejor que hacer, forro?!
-¿Trabajar, quizás? Y no uses lenguaje soez: ¿con esa boca le decís te quiero a tu mamá?
-Sí, la misma boca con la que el otro día te…
-Entendí la idea, Dolores. Mirá, sabés que amo viajar. Sabés que te quiero a vos. No me hagás una escenita de nena.
-Vos te lo perdés, Gabriel. Me voy. Tengo que pedirle a Tom que me acompañe y sabés cómo tarda en hacer las valijas…
-Sos una manipuladora de mierda, Lola.
-¿Y con esa boca le decís te quiero a tu mamá?
- Ja. ¿Dónde te encuentro?
- Ezeiza. Tenés tres horas.
Escuché el tono del teléfono colgado, ese que se parece tanto al sonido de Terapia Intensiva y de paciente muriendo y sonreí. Tenía que empacar. Rápido.
-¡¿Tenés algo mejor que hacer, forro?!
-¿Trabajar, quizás? Y no uses lenguaje soez: ¿con esa boca le decís te quiero a tu mamá?
-Sí, la misma boca con la que el otro día te…
-Entendí la idea, Dolores. Mirá, sabés que amo viajar. Sabés que te quiero a vos. No me hagás una escenita de nena.
-Vos te lo perdés, Gabriel. Me voy. Tengo que pedirle a Tom que me acompañe y sabés cómo tarda en hacer las valijas…
-Sos una manipuladora de mierda, Lola.
-¿Y con esa boca le decís te quiero a tu mamá?
- Ja. ¿Dónde te encuentro?
- Ezeiza. Tenés tres horas.
Escuché el tono del teléfono colgado, ese que se parece tanto al sonido de Terapia Intensiva y de paciente muriendo y sonreí. Tenía que empacar. Rápido.
Arrastraba
mi valijita rosa chicle por los pisos encerados del Aeropuerto Internacional de
Ezeiza, esperando verlo aparecer en cualquier momento. Estaba suscitando
sospechas, paseándome en círculos así. Y eso no era bueno, ni tan siquiera para
una persona con el carnet de prensa adherido en el seno derecho. Cualquiera
fuera mi escudo periodístico, seguía teniendo cualquier cantidad
de drogas en el escote. Nunca se me ocurrió mejor lugar de contrabando,
especialmente teniendo en cuenta que el carnet de prensa evade investigaciones policiales y sus leales canes que tanto se empeñan en
arruinar un poco de sana diversión lisérgica.
Entonces,
Gabriel se dignó a aparecer detrás de una horda de turistas japoneses
maravillados, seguramente, con la fuerte sociedad que somos, confiando nuestros
viajes en una estructura tan precaria. El cabello, dos años después, seguía
recedente: la línea había retrocedido uno o dos centímetros y las patas de gallo
le arañaban los ojos hacia fuera. Ocultos detrás de su rictus de desaprobación
total, sus dientes perfectos. El cuerpo firme se balanceaba con la gracia de
quien se sabe sensual, una caminata grácil y arrolladora directo hacia mí.
Oculto bajo la camisola blanca, el tatuaje con mi nombre sobre el corazón (uno
de esos chascarrillos ocurrentes que ideaba de tanto en tanto. Lo forcé a
hacérselo, a cambio de ocultarme durante la visita de su muy extensa parentela)
-No
me pongás esa cara, Gabriel. Te estoy llevando a Barcelona, no a un funeral.
-No te pongo ninguna cara. Sólo rezo por que algún día crezcas.
Le sonreí encantadoramente, como siempre que hacía algún comentario relacionado a mi edad. No me llevaba tantos años: quince años difícilmente catalogaban como una diferencia de edad morbosa. Extendí las manos y tomé su portadocumentos, todo papel ordenado alfabéticamente desde la partida de nacimiento hasta el carné de seguro social. Suspiré. Esas mañas se le pondrían peor cuando se viniera viejo…
-No te pongo ninguna cara. Sólo rezo por que algún día crezcas.
Le sonreí encantadoramente, como siempre que hacía algún comentario relacionado a mi edad. No me llevaba tantos años: quince años difícilmente catalogaban como una diferencia de edad morbosa. Extendí las manos y tomé su portadocumentos, todo papel ordenado alfabéticamente desde la partida de nacimiento hasta el carné de seguro social. Suspiré. Esas mañas se le pondrían peor cuando se viniera viejo…
El
embarque fue relativamente rápido, lo que dio paso a mi cruzada consumista
etílica: solía mancillar los Duty Free Shops en busca de alcohol barato.
Gabriel sólo me miraba con el rabillo del ojo y negaba con la cabeza.
Migraciones. Pum. Pam. Avión, bandeja plástica con comida plástica, champagne,
película devastadoramente aburrida, cuatro alplax de dos mg picados y esnifados y doce horas seguidas de hermoso sueño en un
asiento de 98° de extensión. El tupé de los vendedores de aerolíneas era
decadente. Sentía, cada tanto, a Gabriel tomándome el pulso, sobrevolándome
como un tábano descomunal y palpitante. Su modo de cuidarme era, claramente,
extraño, pero seguía siendo un modo de cuidarme. Intuía que, más allá de su
sentimiento de culpa constante, albergaba un amor inagotable por mí… Intuía,
jamás lo sabría con certeza, menos que menos por boca suya. Difícilmente
hablaba de sus sentimientos, menos aún de sus emociones hacia mi persona. El
extraño ente que vivía entre él y yo, que había sido bautizado como “La
Relación”, tenía dimensiones desconocidas para mí. Jamás sabía su estado, su
salud, su tamaño, o incluso la veracidad de su existencia. Vivía en una
incertidumbre constante, amando sin garantías a un hombre que ya había
experimentado el amor con otras y que, seguramente, seguía amando en algún
recoveco sensible.
Me
desperté a raíz de un golpe particularmente violento en la frente. Abrí un ojo.
Abrí el otro y vi a Gabriel mirándome indignado.
-Llegamos. Levantate.
-Vale, vale. No había necesidad en levantarme así.- le reproché. Siempre detesté la sacudida violenta/golpe gratuito para despertarme: el modo en el que me despiertan signa mi día sin chances de recuperación.
-No había necesidad de tomar tantas pastillas, Dolores. Te dormiste incluso durante el trasbordo. Tuve que llevarte alzada al otro avión en Barajas y decir que tenías narcolepsia…
-Llegamos. Levantate.
-Vale, vale. No había necesidad en levantarme así.- le reproché. Siempre detesté la sacudida violenta/golpe gratuito para despertarme: el modo en el que me despiertan signa mi día sin chances de recuperación.
-No había necesidad de tomar tantas pastillas, Dolores. Te dormiste incluso durante el trasbordo. Tuve que llevarte alzada al otro avión en Barajas y decir que tenías narcolepsia…
Luego
de recoger nuestras valijas (la rosa chicle y una sobria, negra y aburrida como
él) en un proceso particularmente tedioso, únicamente revitalizado porque me
dormí sobre la cinta transportadora y Gabriel tuvo que rescatarme galantemente,
salimos fuera. Un cartel que rezaba: “Dolores Jeiz + 1” era sostenido por un
morochón inmenso de manos con dedos de salchicha vienesa que seguramente podría
asfixiarme de un ligero apretón. Estaba parado delante de un coche negro de
vidrios polarizados. Acerqué mi boca a su mejilla cual misil teledirigido
cuando la mano de Gabriel detuvo mi avance. El morochón me dio la mano y me
explicó cortésmente que su nombre era Joao, y siendo portugués, chapurreaba un español de lo más simpático. Él sería nuestro chofer durante nuestra estadía, contratado por la
agencia Reuters que auspiciaba nuestra estancia en España, explicó en su castellano cantado (qué lindo imitar el cantito), y con una sonrisa inmensa de dientes blanco cocaína nos
abrió la puerta y se puso a nuestro servicio. Nos informó que nos llevaría al
hotel y que el congreso sería más tarde.
-¿Qué
congreso, Dolores?
- No puedo decírtelo.
- … (mirada asesina)
-Bueno… Uno, no sé, no tengo demasiada idea. Sólo empaqué y vine. Virtualmente, sé lo mismo que vos: sé que es de política internacional, sino no me hubieran mandado a mí. Ya nos enteraremos.
- No puedo decírtelo.
- … (mirada asesina)
-Bueno… Uno, no sé, no tengo demasiada idea. Sólo empaqué y vine. Virtualmente, sé lo mismo que vos: sé que es de política internacional, sino no me hubieran mandado a mí. Ya nos enteraremos.
Sabés que me gusta la reiteración y ese "Él" maraca un ritmo sólido y que me embarca en lo que ella hace por él. Cómo perdemos el rumbo por un poco de amor...
ResponderEliminarBeso.