La mañana me sobresaltó como quien presiente a la muerte babeándole las pupilas sobre la vertiginosa velocidad de mis propios pasos en el patio de Valencia. El aire me estallaba en los pulmones con un chasquido de líquido pleural arrollador que igualaba los rugidos de un tren.
La noche anterior había liquidado seis porros con mis hermanos, querubines lisérgicos que reposaban en los reductos de plástico que los vendedores de Easy tienen el tupé llamar reposeras de 180º de apertura. La resaca del faso europeo no era en sí misma tan terrible, pero la mezcla asesina de marihuana y alcohol había seguramente causado una masacre gore en mis ya exiguas neuronas. La muerte cerebral no era, quizá, lo trágico del asunto, sino el hecho de que no reconociera los pies en los que estaba parada. Pensé, entonces, que había tenido un encuentro cercano del cuarto tipo con criaturas alienígenas y que habían tomado mis pies originales para la investigación del ser humano y su fisionomía…
Mi corporeidad me asfixiaba, decididamente. La noción de saberme a más de diez mil kilómetros de casa me daba vértigo. El vómito era inminente, la necesidad apremiante. La Nausea había tomado cuartel en mi cuerpo y no estaba dispuesta a dejarme ir…
Y, por algún motivo, dentro de mi cabeza, hablaba en francés.
Fernanda se revolcaba en su silla de plástico y murmuraba en tonos políticamente sabios: -Consideración: los comunistas son igual de fatalistas que un oso pardo recién capturado por una manada de cazadores.- Prosiguió con tono parsimonioso: -Moraleja: no salga, señor oso pardo, de su cueva. No vaya a ser y que lo confundan con un comunista y lo empalen por tener vértigo en la cola.-
Nos quedábamos en un telo de mala muerte: habíamos tomado Valencia como un descanso necesario del rush europeo de visitar y jamás dejar de visitar, de esta consciencia de ser tránsito en sitios de historias innombrables. Decidimos que sería, entonces, el sitio en el que reafirmaríamos nuestra trascendencia.
Llegamos a la Ciudad de las Flores en tren, renuente tras haber pasado una semana en Barcelona, nadie que conozca Barcelona quiere abandonar Barcelona. Claramente, no quería ir a parar a un sitio cuya historia poco me emocionaba, estética poco apelaba a mi emoción y joda poco convincente. Pero mi hermano tenía un amigo viviendo allí y, como seguramente no volveríamos jamás, decidí concederle el gusto.
Descendimos (piropos españoles de por medio, pese a que en ese momento pesaba 20 kilos más de lo que pesaba ahora) y nos encaminamos con mochilas de 17 kilos hacia al hotel, el rótulo de “turistas” tatuado en nuestras argentinísimas frentes. Era un día insultantemente soleado: la temperatura escalaba los 20°C y mi remera de la Naranja Mecánica brillaba amenazante bajo el sol. Nos detuvimos, luego de caminar cerca de cuatro kilómetros desde la estación, en un albergue transitorio de dudosa reputación y Juan tocó el timbre. Una gorda mastodónica que tenía una rata por mascota descendió de las escaleras, envuelta en una salidera de raso amarillo y rosado, visage cruel para mis ojos quemados por el alcohol de la noche anterior.
El sitio tenía cinco pisos: el ascensor se reía en su decadencia y nuestras habitaciones estaban en el quinto piso. Decidimos ir a la plaza de Joao I (alguno de esos personajes europeos que aquí brillan en desconocimiento total) a hacer dinero con la guitarra. Nos sentamos, unos cientos de artistas copiaban la catedral y la sinagoga (dicotomías religiosas que rodeaban la plaza)y comenzamos a tocar.
Y lo vi.
Lo sentí una mezcla entre vampiro y Alex de Large: un híbrido extraño de personajes pálidos. Las rastas rubias enmarcaban la cara blanca y la nariz afilada. Rozaba el metro noventa de flacura: los brazos marcados con cicatrices viejas y queridas de la dulce luna rumiante que se inyectaba en las venas. La boca, una maravilla de la ingeniería moderna: una fruta rosada que exigía ser masticada como un chicle de frutilla, rítmica y eternamente hasta que perdiera el gusto o me doliera la quijada. Pero fueron los ojos los que me compraron e hicieron que me declarara suya, plaza entre él y yo. Era saltar en una tinaja azul de frío glacial, ojos sub-zero color diamante. Me vi reflejada, ahí, dentro suyo: sus siete pares de ojos internos, mirándome directo.
No recuerdo cómo o por qué, solo recuerdo que antes de mirarlo demasiado más, estaba sentado al lado mío y hablando sobre La Naranja Mecánica. Sus dedos artríticos de veinteañero intentaban tocar el reagge que tanto le gustaba, fracasando terriblemente en el intento. Descubrí que era canadiense, artrítico, disléxico y linyera. Siempre me los elegí bien, claramente.
Me empapaba en sus irises deliciosos con una diligencia apremiante. Podía hacer lo que fuera conmigo ahí y entonces. Fueron tres días de idilio, tres días de caminar mano a mano en Valencia, tres días de castidad pura y tres años de pensar en él después. Fue la magia de mis 18 recién cumplidos y de conocer a la persona capaz de borrar todas las cicatrices de mi cuerpo. El francés, idioma que despreciaba tantísimo por mi primer novio, se volvió música con su dulce quebecois, esa mezcla extraña que hablan los francocanadienses.
Hugo fue el primer hombre del que me enamoré. Y el primer tipo al que le lamí el sexo. Es impresionante como los viajes nos predisponen a las experiencias intensas, cualquiera sean ellas.
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