SITUACIÓN: Lolita y Angie (su mejor amiga de la infancia) son dos más de las cabecitas de fósforo que se repiten ad nauseum en las causalidades subterráneas porteñas. Sentadas en el plástico sudado de los asientos de la Línea D, se embarcan a una nueva aventura.
L: No puede ser lo que soñé el otro día. Juro que soy festín de los psicoanalistas. Freud podría darse un panzazo conmigo que confirmaría toda su teoría.
A: ¿Soñaste que te cojías a tu vieja?
L: ¿Qué? ¡No!
A: ¿Entonces?
L: Soñé que estaba en una barbería, de esas que nos hacen creer las películas yanquis de los '50 que existían. Quizá ni existían. Pero bueno, era de esas. Escucho parte del "Barbero de Sevilla", enfundada en una bata blanca de peluquero que las películas yanquis de los '50 nos hacían creer que existían. Y voy a mi cliente.
A: Depurá.
L: Soñé que afeitaba a Marx.
A: Viste muchos dibujitos.
L: O estudié demasiado Herramientas de Análisis Político.
(El sujeto sentado al lado de Lolita (que venía leyendo un libro de Galeano) le toca la pierna, ante lo cual gira su cabeza. Lolita no ve más allá de los increíbles bigotes nietzschianos peinados con las puntas hacia arriba entre boca y nariz. Nos referiremos a él como E.)
E: Disculpá, te tengo que felicitar.
L: ¡¿Qué?! Si tenés que felicitarme por lo que sueño, estamos peor de lo que creía.
E: Claramente.
L: Igual, tenés un bigote a la Nietzsche (N/A: Ven que sí tenía bigote nietzschianos?)
E: Pensé que eran más a la Tony Levin...
L: Tenés demasiado pelo.
E: ¿Sabés quién es Tony Levin?
L: Claro, uno de los tres mejores pelados del mundo. Justo por debajo de Peter Gabriel.
E: Fa... Te gusta Crimson?
L: Claro, sé quién es el Tony, pero no me gusta Crimson.
E: Yo pregunto igual.
L: Sí, me gusta. De todas maneras, estaba pensando que si te lo dejás sobre los cachetes, te parecerías más a Lemmy. Por lo morocho.
E: Mötorhead también?!
L: Pero claro. Igual, mi teoría oficial establece que son las verrugas de Lemmy, no Lemmy, quién toca los instrumentos. Pero esa soy yo...
E: Wow... Mirá, me tengo que bajar. Te dejo la tarjeta de mi banda. Me encantaría que la escuches.
L: Dicho y hecho.
(E. se baja del subte en Pueyrredón.)
A: Estas cosas te pasan sólo a vos, boluda...
Coincido, Angie.
Hete que, quizá engendrado por la sensación curiosa de que el destino había puesto en mi camino al tan bigotudo personaje subterráneo, terminé escribiéndole al contacto de su muy progresiva banda. Hete que me contestó, firmando como Ezequiel. Hete que a las dos semanas, Ezequiel y yo terminamos enredados y sudorosos sobre la mesada de su cocina escueta, rodados por judíos y tiendas kosher, escuchando PanterA a la luz trémula del sol de invierno.
Hay cosas que deberían hacerme creer en Dios. Esta es una de ellas.
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