jueves, 14 de octubre de 2010

Gabriel, el cantante III.

No recuerdo cuánto tiempo pasó. Media hora, quizá quince minutos. Y entonces, surtió efecto. Gabriel, inexperto y ansioso, me tomó de las manos, y me propulsó del asiento, obligándome a salir del recinto escandalizando a los opiómanos tranquilos que fumaban en el cubículo al lado del nuestro. Comprendí su delirio lisérgico. Pensaba que lo perseguían.
Vio a Joao y lo apartó de un magnífico empujón al piso, tomando las llaves del auto y arrancándolo a toda velocidad. En el asiento del conductor, veía peltre burbujeante que me iría a chupar si me sentaba. Él ya lo vería también, cuando dejara de pensar que  sendos alienígenas venían a raptarnos en sus platillos voladores. Mascullaba algo acerca del arameo y las langostas y Jesús y los vampiros. Un ejército de gatos nos perseguía, él y yo éramos el último bastión de la libertad humana, previa a la dominación mundial felina. Deliraba sobre pájaros gigantes que manejaban el auto, que derrapaba a toda velocidad por las calles más pequeñas de Barcelona. Pero no estábamos en Barcelona: era Marte y las lozas rojas que habíamos visto antes, no era otra cosa que su suelo. Precisaríamos cascos de astronautas con urgencia extrema… Y trajes de baño, claramente.
Gabriel manejaba bastante bien para el estado en el que estaba, a la hora y media del efecto inicial, lloraba porque extrañaba América. Se había desnudado y daba vueltas por la estatua de Cristóbal Colón en el puerto (no recuerdo cómo llegamos al puerto. No recuerdo si llegamos al puerto)
-¡¿No ves, Lola?! Este pelotudo en calcitas apunta a casa. Ay, ay, ay, ay, mi casita, que es tan linda, toda llena de flores, y que quiero que sea tuya y mía y tuya y mía. Porque quiero casarme con vos, ¿sabías? Porque sos una putita tan linda, tan buena, tan inteligente... A veces, hasta me da por amarte, loca. Llllllllllllllllola. Loooooooooolita. Qué lindo que es tu nombre, ¿dónde habré aprendido a decírtelo así? Ash, laputamadrequeloreconchamilparió. Me gustaría ser indio y andar en pelotas todo el día. Todo el día. Díiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiia. Y noche, claro, noooooooooooooooooooooche. Nnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnoche.-
Su primer vuelo era magnífico, opiné. Yo miraba los dibujos que formaban las estrellas y que sabía que se llamaban constelaciones, pero nunca recordé a Larry, Curly y Moe intentando entrar por una puerta a la vez en mis libros de astronomía.
Pero entonces la vimos los dos. Sabía que Gabriel también la veía, porque nos tocó a los dos con su varita mágica: sí, sí, sí. La camarera venía a acariciarnos las caras, volando con sus alas de verdad, mientras él y yo nos tomábamos las manos maravillados, empapados en su gloria sublime de humos y luces de colores. Rojo y verde nos encandilaban en un delirio navideño mortal en cualquier otro contexto, excepto porque sabíamos que nunca nos haría daño: ¡era la única e inigualable Hada Verde! Jamás nos lastimaría. Jamás nos. Jamás.
Y todo se vuelve borroso luego.
Me desperté a la mañana siguiente (mandando el congreso, mi vida y Barcelona a la reverendísima puta que lo parió) en el coche al lado de un desnudísimo hombre que no reconocía. Gabriel había metamorfoseado para mí y ante mí, el rictus de cura réprobo que lo perseguía hasta en sueños se había desvanecido… Dormido, ese estado en el que los párpados son la única separación entre lo que uno es y lo que pretende ser, Gabriel era hermoso. La libertad que ahora le empapaba las pestañas daba una cualidad extra a su alma indómita, casi como una de esos prodigios que a los de la Real Academia Española les gusta designar como “caballos”. Patrañas: son almas con patas y así deberían llamarlos. Gabriel se volvió caballo con una naturalidad inusitada en hombres de cartón como él, con una facilidad dulce e indolora, dejando atrás al periodista, siendo sólo él. Cuando abrió los ojos, lo noté: el hambre le carcomía las pupilas, la sed le quemaba el fondo de los ojos. Por dentro, llameaba con la intensidad de mil soles, enviándome en una clave Morse febril el mensaje incandescente de querer más, más vida, más drogas, más muerte, más yo, más él, más todo.
Saqué el porro que tenía en el corpiño y lo miré con divertida cautela: no pude decirle nada. Tampoco quise, sólo lié con lentitud golosa y lo prendí como si no hubiera mañana y mirando por la ventana. Gabriel lo tomó entre sus dedos y dio la primera calada, profunda, bella y plena. Como si el hueco que tenía dentro se hubiera llenado del humo dulce y picante del faso y quisiera comprimirlo dentro suyo para que nunca se vacíe.

            -¿Eso no impide tu crecimiento o algo así?
            -  Metete el comentario en el culo, Lolita…

Sonreí. Sonrió.
            Sin deja vu’s. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario