La carne es débil. Y el retrosexo me puede. Y su beso en la mejilla, después de pasear los dientes y los ojos por mi piel íntegra durante la noche, no es más que una formalidad diurna. Ya debería saberlo, a esta altura. Él no me ama. Ni a mí ni a este cuerpo mío que me traiciona en la necesidad, tan hambrienta e insaciable que puedo entender que mi mera corporeidad le resulte risible.
Creo que me licencié de boluda y no me di cuenta.
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