Para
cuando llegamos al hotel (¿o debería decir “telo”?), ya había reducido tres
cuartos de la primera botella. La mezcla con pastillas para dormir no era
satisfactoria, pero me mantenía cómodamente adormecida, un útero placentero y
encantador que me acunaba con cálida seguridad. Me movía en cámara lenta, y lo
sabía, pero no podía hacer nada para evitarlo. Babeaba sobre el mostrador
sonriendo como una gila y derramándome como una gota de caramelo, cuando
Gabriel me arrastró escaleras arriba y me arrojó en la cama. Parecía que
compartíamos cuarto.
El
congreso sobre el estado del cumplimiento de los Objetivos del Milenio de la
Organización de las Naciones Unidas sería al día siguiente, según me enteré
cuando desperté de una siesta sumamente fructífera que acomodó mis ideas y
enmarañó el embrollo rubio que tengo por cabello. Sonreí cuando vi que Gabriel
ordenaba por tamaño una serie de baratijas que seguramente había adquirido
cuando estuve K.O. Notó mi movimiento errático al salir de la cama,
trastabillar con la manta enrollada a sus pies, tropezar con el tacho de basura
y finalmente llevarme puesta en pleno rostro la puerta del baño con el rabillo
del ojo. Le costaba mirarme directo a la cara cuando estaba desnuda.
-Ay,
chiqui, vaya a saber uno cuándo crecerás…
-¡Nunca! Soy Peter Pan: este hermoso envase te acompañará cuando seas un viejo decrépito que precisa de pañales.
-Genial saberlo, gracias. ¿Qué querés hacer esta noche?-
-¡Nunca! Soy Peter Pan: este hermoso envase te acompañará cuando seas un viejo decrépito que precisa de pañales.
-Genial saberlo, gracias. ¿Qué querés hacer esta noche?-
Saqué
mi cabeza del baño y lo miré anonada. Nunca me dejaba decidir. Completó:
-Me trajiste a Barcelona. No tuve la propiedad de agradecerte. Así que hoy decidís vos.
Sonreí. Me miró aterrado. Esa sería una gran noche.
-Me trajiste a Barcelona. No tuve la propiedad de agradecerte. Así que hoy decidís vos.
Sonreí. Me miró aterrado. Esa sería una gran noche.
El
bar que había elegido estaba oculto en la calle Rodin, un reducto que
difícilmente debía ser reconocido como “calle” de piedras color ladrillo de 100
metros de extensión. Era algo así como el paraíso de los malvivientes
barceloneses, de esos bohemios que sólo existieron en la nouvelle vague francesa, de boinas, remeras rayadas y chasquidos de
dedos. Malditos, malditos beatniks y sus chasquidos… Esos que emulaban al
proverbial estereotipo francés, vamos. “Degas” estaba fuera del alcance del ojo
común, su presencia era únicamente delatada por un cartel negro y rojo encima de
una puerta angosta de hierro negro forjado. Unos telones color rojo vino separaban
sendos cubículos con sillones negros en moda art noveau francés, pequeños divancitos para un máximo de cuatro
personas. La música era tenue y babosa,
a penas distinguible en el murmullo de voces laudanosas del recinto. La luz se
derretía, pacientemente: el rojo sensual invadía pupilas difusas y los olores
inciertos a sexo extramarital, drogas y cigarrillos violaban la nariz. Ah, pero
qué belleza… Música de ensueños hindú. Casa francesa. Tierra española. Después
dicen que las culturas híbridas no existen.
Joao nos había llevado hasta allí por expreso
pedido mío (él había afirmado que no se metía en la calle Rodin cuando Gabriel
le preguntó, pero no hay cosa las lágrimas de una mujer no puedan sino remediar) y
podía apostar que nos esperaba fuera. Creo que, de una manera u otra, intuía
nuestro destino.
Gabriel
se revolvía nervioso en el diván. No estaba demasiado seguro de cómo sentarse, de
cómo colocar las piernas en el diván negro que nos tocó en nuestro cubículo
reducido y pornográfico para continuar viéndose masculino, cómo actuar en
general, y conmigo en particular. La vergüenza le cacheteaba las mejillas
sonrojadas. Era adorable verlo así de abochornado, casi como mi propia abuela
escandalizada cuando le confesé mi afición por la lencería de animal print. En mi defensa, ella
empezó.
Ordené
a una pelirrojísima camarera dos rondas de rusos blancos para que se le
aflojara la tensión. Lo conocía, no podía decir que no. El silencio, tajante,
abría cicatrices nuevas entre él y yo
(pobre La Relación, bancarse esos cuchillazos…) Lo engulló con necesidad
apremiante y me miró. Pronto su atención se desvió al cortinado que protegía la
intimidad de nuestro cubículo: se había aparecido una señorita con corsé de
canutillos verdes, medias de liga traslúcidas verdes, zapatos verdes, guantes
largos verdes, liguero verde, maquillaje verde y cabello rojo furioso. El rojo
furioso, en realidad, era Gabriel al ver que en sus manos sostenía una bandeja
con dos vasos pequeños, dos cucharas plateadas horadadas, una botella con un
líquido tan verde como ella, una jarra pequeña y terrones de azúcar. La
señorita dejó la bandeja encima de la mesa ratona y se retiró.
Sonreí.
Me miró horrorizado. Esa sensación de deja vu apestaba.
Procedí,
entonces, a verter el contenido verde en cada vaso, colocar la cuchara encima
de cada uno, primorosamente situar un terrón de azúcar sobre ésta y pasarle
agua. Embuché el ajenjo y me lamió la garganta. Sonreí. Gabriel masculló algo
acerca de mi falta de decencia y tomó el suyo.
Siempre
había querido probar el ajenjo y él lo sabía. La bebida mítica de poetas
infames y prostitutas famosas estaba rodeada por un aura intoxicantemente
seductora y nunca supe manejar la sugestión de maneras honrosas. En sí misma,
la absenta/ajenjo/absintha no produce nada más que una borrachera lúcida. Eso,
si está bien graduada, claro. La absintia, el compuesto tóxico del ajenjo,
estaba diluida en 82% con alcohol en este ajenjo particular. Léase, explosivo.
La combinación de ambas acarrea al afortunado bebedor a un estado de
alucinación total. Yo sabía esto. Él sabía esto. Mi silencioso desafío nos
llevó a zamparnos la botella, dagas dulces de sus ojos a los míos asesinándome
de mil maneras distintas. La intensidad de su mirada era inversamente
proporcional a la cantidad de líquido que aún permanecía en la botella.
Lentamente, incluso, parecía que hasta le simpatizaba. Oh, las doradas
propiedades de las drogas.
Habiendo
llenado mi corpiño con cualquier cantidad de sustancias psicotrópicas ilegales
disfrazadas de medicinas, saqué de mi escote una pequeña piedra de marihuana
enmascarada como píldora para la presión. Lié un porro con dificultad, risas
borrachas mediante, y lo encendí. Lo calé profundo y le tiré el humo en la
cara. El aroma pareció embobar a un
Gabriel distendido, que procedió a arrebatarme el porro de entre mis dedos para
calarlo él. Quizá hasta más profundo que yo. Sabía que le había pegado en lo
más profundo de la nuca cuando se le asomaron dos lágrimas vidriosas en cada
ojo orientalizado, pronto con las pupilas dilatadísimas. El ajenjo volvía a mi
Gabriel una criatura más dulce, más experimental y, sobre todo, más libre. He
ahí la belleza intrínseca de las drogas: proporcionar una libertad inusitada al
usuario que sabe cómo usarlas.
Habría que decirle a Rodrigo que es en ese "no saber" en donde está lo mejor. Se lo podrá preguntar mil veces y contestarse cualquier cosa, pero si llega a descubrir qué es: estamos jodidos. Lo más sabroso es lo que no se explica... y mucho menos con la razón.
ResponderEliminarBesos.