miércoles, 6 de octubre de 2010

Gabriel, el cantante II.

Para cuando llegamos al hotel (¿o debería decir “telo”?), ya había reducido tres cuartos de la primera botella. La mezcla con pastillas para dormir no era satisfactoria, pero me mantenía cómodamente adormecida, un útero placentero y encantador que me acunaba con cálida seguridad. Me movía en cámara lenta, y lo sabía, pero no podía hacer nada para evitarlo. Babeaba sobre el mostrador sonriendo como una gila y derramándome como una gota de caramelo, cuando Gabriel me arrastró escaleras arriba y me arrojó en la cama. Parecía que compartíamos cuarto.
El congreso sobre el estado del cumplimiento de los Objetivos del Milenio de la Organización de las Naciones Unidas sería al día siguiente, según me enteré cuando desperté de una siesta sumamente fructífera que acomodó mis ideas y enmarañó el embrollo rubio que tengo por cabello. Sonreí cuando vi que Gabriel ordenaba por tamaño una serie de baratijas que seguramente había adquirido cuando estuve K.O. Notó mi movimiento errático al salir de la cama, trastabillar con la manta enrollada a sus pies, tropezar con el tacho de basura y finalmente llevarme puesta en pleno rostro la puerta del baño con el rabillo del ojo. Le costaba mirarme directo a la cara cuando estaba desnuda.
-Ay, chiqui, vaya a saber uno cuándo crecerás…
-¡Nunca! Soy Peter Pan: este hermoso envase te acompañará cuando seas un viejo decrépito que precisa de pañales.
-Genial saberlo, gracias. ¿Qué querés hacer esta noche?-
Saqué mi cabeza del baño y lo miré anonada. Nunca me dejaba decidir. Completó:
            -Me trajiste a Barcelona. No tuve la propiedad de agradecerte. Así que hoy decidís vos.
            Sonreí. Me miró aterrado. Esa sería una gran noche.
El bar que había elegido estaba oculto en la calle Rodin, un reducto que difícilmente debía ser reconocido como “calle” de piedras color ladrillo de 100 metros de extensión. Era algo así como el paraíso de los malvivientes barceloneses, de esos bohemios que sólo existieron en la nouvelle vague francesa, de boinas, remeras rayadas y chasquidos de dedos. Malditos, malditos beatniks y sus chasquidos… Esos que emulaban al proverbial estereotipo francés, vamos. “Degas” estaba fuera del alcance del ojo común, su presencia era únicamente delatada por un cartel negro y rojo encima de una puerta angosta de hierro negro forjado. Unos telones color rojo vino separaban sendos cubículos con sillones negros en moda art noveau francés, pequeños divancitos para un máximo de cuatro personas. La música era  tenue y babosa, a penas distinguible en el murmullo de voces laudanosas del recinto. La luz se derretía, pacientemente: el rojo sensual invadía pupilas difusas y los olores inciertos a sexo extramarital, drogas y cigarrillos violaban la nariz. Ah, pero qué belleza… Música de ensueños hindú. Casa francesa. Tierra española. Después dicen que las culturas híbridas no existen.
 Joao nos había llevado hasta allí por expreso pedido mío (él había afirmado que no se metía en la calle Rodin cuando Gabriel le preguntó, pero no hay cosa las lágrimas de una mujer no puedan sino remediar) y podía apostar que nos esperaba fuera. Creo que, de una manera u otra, intuía nuestro destino.
Gabriel se revolvía nervioso en el diván. No estaba demasiado seguro de cómo sentarse, de cómo colocar las piernas en el diván negro que nos tocó en nuestro cubículo reducido y pornográfico para continuar viéndose masculino, cómo actuar en general, y conmigo en particular. La vergüenza le cacheteaba las mejillas sonrojadas. Era adorable verlo así de abochornado, casi como mi propia abuela escandalizada cuando le confesé mi afición por la lencería de animal print. En mi defensa, ella empezó.
Ordené a una pelirrojísima camarera dos rondas de rusos blancos para que se le aflojara la tensión. Lo conocía, no podía decir que no. El silencio, tajante, abría cicatrices  nuevas entre él y yo (pobre La Relación, bancarse esos cuchillazos…) Lo engulló con necesidad apremiante y me miró. Pronto su atención se desvió al cortinado que protegía la intimidad de nuestro cubículo: se había aparecido una señorita con corsé de canutillos verdes, medias de liga traslúcidas verdes, zapatos verdes, guantes largos verdes, liguero verde, maquillaje verde y cabello rojo furioso. El rojo furioso, en realidad, era Gabriel al ver que en sus manos sostenía una bandeja con dos vasos pequeños, dos cucharas plateadas horadadas, una botella con un líquido tan verde como ella, una jarra pequeña y terrones de azúcar. La señorita dejó la bandeja encima de la mesa ratona y se retiró.
Sonreí. Me miró horrorizado. Esa sensación de deja vu apestaba.
Procedí, entonces, a verter el contenido verde en cada vaso, colocar la cuchara encima de cada uno, primorosamente situar un terrón de azúcar sobre ésta y pasarle agua. Embuché el ajenjo y me lamió la garganta. Sonreí. Gabriel masculló algo acerca de mi falta de decencia y tomó el suyo.
Siempre había querido probar el ajenjo y él lo sabía. La bebida mítica de poetas infames y prostitutas famosas estaba rodeada por un aura intoxicantemente seductora y nunca supe manejar la sugestión de maneras honrosas. En sí misma, la absenta/ajenjo/absintha no produce nada más que una borrachera lúcida. Eso, si está bien graduada, claro. La absintia, el compuesto tóxico del ajenjo, estaba diluida en 82% con alcohol en este ajenjo particular. Léase, explosivo. La combinación de ambas acarrea al afortunado bebedor a un estado de alucinación total. Yo sabía esto. Él sabía esto. Mi silencioso desafío nos llevó a zamparnos la botella, dagas dulces de sus ojos a los míos asesinándome de mil maneras distintas. La intensidad de su mirada era inversamente proporcional a la cantidad de líquido que aún permanecía en la botella. Lentamente, incluso, parecía que hasta le simpatizaba. Oh, las doradas propiedades de  las drogas.

Habiendo llenado mi corpiño con cualquier cantidad de sustancias psicotrópicas ilegales disfrazadas de medicinas, saqué de mi escote una pequeña piedra de marihuana enmascarada como píldora para la presión. Lié un porro con dificultad, risas borrachas mediante, y lo encendí. Lo calé profundo y le tiré el humo en la cara.  El aroma pareció embobar a un Gabriel distendido, que procedió a arrebatarme el porro de entre mis dedos para calarlo él. Quizá hasta más profundo que yo. Sabía que le había pegado en lo más profundo de la nuca cuando se le asomaron dos lágrimas vidriosas en cada ojo orientalizado, pronto con las pupilas dilatadísimas. El ajenjo volvía a mi Gabriel una criatura más dulce, más experimental y, sobre todo, más libre. He ahí la belleza intrínseca de las drogas: proporcionar una libertad inusitada al usuario que sabe cómo usarlas. 

1 comentario:

  1. Habría que decirle a Rodrigo que es en ese "no saber" en donde está lo mejor. Se lo podrá preguntar mil veces y contestarse cualquier cosa, pero si llega a descubrir qué es: estamos jodidos. Lo más sabroso es lo que no se explica... y mucho menos con la razón.
    Besos.

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